El director de una empresa contrató en cierta ocasión a un experto en analizar la disposición de su oficina. Éste llegó y procedió a cambiarlo todo. Se desplazaron mesas y se cambiaron los puestos de trabajo. Incluso se cambió el contenido de los cajones. Cuando el experto hubo terminado su tarea, la oficina estaba totalmente reorganizada.
Los cambios duraron aproximadamente una semana. Después, los empleados volvieron a poner las cosas como habían estado en un principio. El experto había fracasado al no tomar en cuanto factores como qué empleados eran zurdos, quiénes fumaban y quiénes no, y quiénes insistían en sentarse cerca de la ventana. La oficina reorganizada, aunque en el papel parecía maravillosa, no funcionó en la vida real.
A la inversa del experto moderno en eficacia, San Juan de Britto, misionero jesuita del siglo XVIII, comprendió que los "expertos" que llegan para cambiar las cosas nunca tienen ninguna posibilidad de hacerlo. Poco después de llegar al sur de la India, se dio cuenta de que para enseñar a la gente tenía que convertirse en parte de su vida. Así pues, adoptó su manera de vestirse, su dieta y, hasta donde le fue posible, el estilo de vida de los habitantes de aquella región.
Aunque pocos de nosotros estamos llamados a ser misioneros, todos estamos llamados a ser testigo de la verdad. Sin embargo, aunque creamos -incluso en secreto- que estamos especialmente en posesión de la verdad, no podemos librarnos de que se nos mire con desdén y de hacer el ridículo. Sólo cuando estamos dispuestos a ser suficientemente humildes para reconocer que todos somos peregrinos de un mismo viaje, nuestras vidas tendrán un efecto duradero.
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