Hoy casi siento la tentación de escribir algo más sobre Rouco. Mucho me temo que puedo resistir cualquier cosa, menos la tentación.
Monseñor Rouco ha sido el blanco predilecto de todos los ataques a la Iglesia. Una especie de diana en movimiento, de diana estática, de diana por defecto. Pero no sólo de los enemigos de la Iglesia. A veces debía pensar: corramos, que vienen los nuestros.
Y esto se debe a que hasta el último monaguillo muchas veces estaba convencido de hallarse celestialmente iluminado con ideas geniales acerca de cómo dirigir una archidiócesis. Parece ser que últimamente todos saben mejor que nadie hacer de arzobispos. Y casi se extrañan de que ellos no hayan sido los elegidos de la Providencia. ¡Qué estoy aquí!
A todos los que sienten una innata vocación al cardenalato matritense, yo les diría algo de sentido común: todos no pueden ser arzobispos. O por lo menos, no todos a la vez.
Dirigir una archidiócesis requiere, para empezar, de información. Puede parecer revolucionario lo que voy a decir, pero el sentido común nos dicta que muy a menudo las decisiones se toman en base a la información. No obstante, criticar las decisiones cardenalicias (en la barra del bar, en el sindicato o en el rellano de la escalera) careciendo de la información resulta un divertido ejercicio acrobático. Otro elemento es la experiencia. Pero ese se da por supuesto. Cada panadero, cada locutor graciosillo de radio, cada periodista de El País, se considera a sí mismo perfectamente dotado de la experiencia episcopal necesaria. Como el valor en los toreros, esto se da por supuesto.
No tiene sentido en este post defender a su eminencia de esos ataques (a ver si moderniza la Iglesia, a ver si es más tolerante, a ver si tal y cual), porque esos ataques son un fuego a discreción que apuntan a todo lo que se mueva.
Por el contrario, Rouco tiene varias virtudes que yo aprecio en un prelado. La primera y más importante de ellas es que no él no tiene ningún deseo de divismo, la segunda es que la archidiócesis se rige por los dictados de la razón. Normalmente el divismo y la irracionalidad van unidos. El divismo lleva a tomar decisiones fundamentadas en los vaivenes del sentimiento.
En él se nota el predominio del concepto de Ley, que en el fondo es el del orden. Otros curas pueden ser grandes predicadores, magníficos tertulianos, o pasarse todo el día visitando enfermos dando amor. Pero el obispo debe encarnar el principio de la razón. Yo de un obispo lo que quiero es que gobierne. Y, como ya he dicho en otro post, considero que en esto Rouco ha sido irreprochable. No sólo eso. Sino que ha sabido imprimir la idea de que la Iglesia, el Reino de Dios, debe luchar con todas las armas espirituales para reconquistar la sociedad. En esto tampoco cabe crítica. Ha usado todos los medios que han estado a su alcance.
Por todo esto, he colocado hoy una foto tan maja de su eminencia. No como esas fotos tan horribles que pongo de Faus y Masiá.
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