Jesús María Alemany lleva media vida imbuido en el estudio sobre la paz. Desde su Zaragoza natal, ha dedicado casi 30 años a fomentar la educación y el respeto a los derechos humanos presidiendo la Fundación Seminario de Investigación para la Paz. Con tono sosegado y conciliador, este jesuita ensalza las “paces con minúscula”, las de cada día, las que son posibles de conseguir. “No basta decir quiero la paz en Camboya y en la escalera de tu casa no mirar al vecino”, afirma. La labor docente e investigadora de este pensador le ha valido multitud de reconocimientos; el último, el premio Derechos Humanos del Consejo General de la Abogacía Española.
-¿La paz es la ausencia de guerra?
-El gran sociólogo noruego Galtung ya demostró con acierto que la paz hay que comprenderla no en relación a la guerra, sino a la violencia, y la violencia puede ser la pobreza, la falta de recursos humanos, la desigualdad social, la violencia cultural... Es un cinismo decir que cuando no hay guerra, hay paz, cuando a lo mejor hay una desigualdad social muy importante.
-¿El que ETA haya dejado las armas es sinónimo de paz?
-No. Para que haya paz se necesita, no sólo que haya una conducta no violenta como es dejar las armas, sino que se recobre una empatía que haga posible la convivencia. El problema que queda en el País Vasco es el de la convivencia, de qué forma se crea una convivencia en una sociedad que está profundamente herida por el sufrimiento de muchísimas familias. Y esto no es un proceso rápido.
-¿Cuánto tiempo pueden tardar en cicatrizar las heridas?
-Galtung suele decir que, al menos, tantos años como ha durado la violencia. No se puede esperar que, al mismo tiempo al que cesa definitivamente la violencia armada, se cree la convivencia. Una sociedad profundamente herida necesita tiempo, lucidez y generosidad para seguir adelante.
-¿El paro es la nueva violencia social?
-Forma parte de la violencia estructural. La brecha de la desigualdad se ha ampliado. Una crisis se resuelve para todos cuando los más débiles no salen perjudicados. Hay que mirar la realidad desde su punto de vista.
-¿Y qué pasa con la pérdida de valores?
-Es parte del conflicto y parte de lo que impide que haya paz social. Lo económico nos ha deslumbrado muchísimo. Y no sólo el dinero, sino las reglas que lo sustentan: la eficacia a toda costa y la rapidez. Lo que no es eficaz y rápido, no interesa a un sistema que se basa en leyes económicas. Para que sea eficaz tienes que sacrificar muchos valores. Eso pasa en las empresas, pero también en la educación y en otras mil cosas.
-¿La crisis que atravesamos es también una crisis de valores?
-Ahora el problema está en cómo vamos a transmitir valores en una educación que fundamentalmente es técnica y científica. Hemos avanzado desproporcionadamente en la técnica y la ciencia, sin embargo hemos dejado de prosperar en valores que fomentan la convivencia. ¿Cuál es el resultado? Que cuando llega una crisis como la actual, aparece la cultura del miedo, que puede servir para sobrevivir, pero no para convivir.
-¿Y la degradación de la educación?
-A mí lo que me duele mucho es que se estén descuidando los grandes valores del humanismo occidental. Se ha echado sobre los profesores todo el peso de la culpa y es totalmente injusto. El responsable es el conjunto de la sociedad, incluida la familia, que ha hecho dejación de la autoridad necesaria para transmitir esos valores.
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