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RAFAEL SÁNCHEZ SAUS | ACTUALIZADO 19.01.2012 - 08:45
PARECE que Juan Manuel de Prada ha conseguido levantar una notable polvareda con un artículo en el que se opone a las recientes medidas liberalizadoras de los horarios comerciales implantadas en Madrid. Algunos han querido ver en ello la primera voz que se alza desde el campo católico contra el liberalismo a ultranza que podría inspirar la política económica de un país entregado de antemano a cualquier receta que se prometa eficaz contra el paro. Es verdad que se trata de una cuestión a todas luces menor, pero lo que pone de manifiesto esta escaramuza no lo es tanto.
Por un lado, es una confirmación precoz de que para una capa muy importante del voto conservador en España el PP, a fuer de liberal, no acaba de representar su sentir, y ello tanto en lo moral como en lo social, si es que cupiera hacer ese distingo. Por otro, alimenta el viejo y perenne temor del partido hoy triunfante de que los ciudadanos más comprometidos con sus creencias acaben organizando su propia estructura política y dando la espalda a quienes desde hace décadas usufructúan sus votos sin sentirse apenas en la obligación de corresponder.
La lucha común contra el peligroso enemigo que durante varios años ha representado ZP ha hecho invisibles unas fisuras que tienen su origen en los complejos juegos de las ideologías que conviven en el PP y en su necesidad de atraer a un amplísimo arco ciudadano en un país ganado culturalmente por la izquierda. En las grandes manifestaciones de masas de la primera legislatura ZP, que armaron la mayor respuesta en la calle que haya tenido que afrontar un gobierno de la democracia, se fraguó un gran movimiento cívico conservador que ha tenido más parte en la victoria de Rajoy de lo que se quiere reconocer y que ahora se pregunta si su lucha y su contribución va a quedar sin recompensa alguna. El panorama económico es hasta tal punto desesperado que durante algún tiempo será posible convencer a todos de que es necesario dar una prioridad absoluta a lo que pueda ayudar a paliar la catástrofe del paro y demás miserias sobrevenidas, pero será muy difícil mantener esa conformidad si en breve no se observa una voluntad cierta de reformas concretas en los tres campos en los que se patentizan las mayores carencias de la España actual, aquellos en los que más daño hicieron el desgobierno y el sectarismo de ZP: justicia, educación y familia. Que lo urgente es la economía, nadie lo duda, pero ello no debiera llevar a olvidarnos una vez más de lo importante. Y son muchos los dispuestos a recordarlo.
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