sábado, 7 de enero de 2012

LAS TRES PREPOSICIONES DEL CRISTIANO; POR MARIO ORTEGA



  • Comentario a las lecturas de la Fiesta del Bautismo del Señor. Ciclo B
    1ª Lectura: Isaías 42, 1-4.6-7
    Así dice el Señor: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones: No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas.”
    Salmo 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
    2ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 10, 34-38
    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y práctica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.”
    Evangelio: Marcos 1, 7-11
    En aquel tiempo proclamaba Juan: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero el os bautiza con Espíritu Santo.”
    Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado, mi predilecto.”
    LAS TRES PREPOSICIONES DEL CRISTIANO
    “Por”, “con” y “en” son las tres preposiciones que nos sirven para comprender qué es un cristiano. Las recordamos en la Misa, introduciendo el elemento final, que es el que les da sentido: Por Cristo, con Él y en Él. La solemnidad que celebramos hoy, el Bautismo del Señor, nos muestra claramente esta triple relación con Cristo.
    Estamos bautizados POR Cristo. Juan bautizaba como signo de conversión. Los que al Jordán acudían movidos por su anuncio, buscaban prepararse para recibir al Mesías, a Jesucristo. Será Él, profetiza el Bautista, quien bautizará con el Espíritu Santo. El Bautismo que recibimos en la Iglesia y que nos hace hijos de Dios, lo recibimos POR Cristo, que actúa por medio del sacerdote. Somos bautizados por Cristo, somos salvados por Él.
    CON Cristo. Porque Él quiso darnos ejemplo recibiendo también el bautismo de Juan. Él no tenía pecados propios, pero cargaba con todos los pecados ajenos. Se ha hecho uno de nosotros, de modo que la vida cristiana es siempre una vida CON Él. La Gracia santificante (estar en Gracia de Dios) es estar en su compañía.
    EN Cristo. Se antoja esta preposición como la más fuerte de las tres. Porque indica una identificación del cristiano con Cristo, comunión íntima, que nos hace uno en Él. El Bautismo no es un signo externo, sino un sello interno, indeleble. El cristiano está llamado a identificarse con Cristo, con su Sabiduría, con su Voluntad, con sus Sentimientos, con su Amor.
    Alguno podrá pensar que éstas son sólo consideraciones piadosas sin más. No. Es la vida del cristiano, que tantas veces tiene que dar testimonio de Cristo hasta con su propia vida. El Bautismo nos compromete totalmente. Por Cristo, con Él y en Él, estamos llamados a dar la vida, día a día, en la vida ordinaria, o como un acto extraordinario de amor a Dios, de una vez. Y como muestra de esto último, el hecho del que fui testigo recientemente.
    El día de Navidad estaba yo comiendo con varios sacerdotes, en Roma. Entre ellos, un joven sacerdote nigeriano. Sonó su teléfono y, contestando, se le dibujó al instante el rostro de la preocupación y del dolor. Le comunicaron en ese momento los salvajes asesinatos cometidos sobre una comunidad cristiana que él conocía bien. Había frecuentado él mismo muchas veces el templo alrededor del cual estallaron los coches bomba de los radicales islamistas. La noticia, para tantos cristianos de Occidente muy lejana, se hizo para nosotros cercanísima.
    Desde entonces, tengo más presentes si cabe, en mis oraciones, a tantos hermanos nuestros que siguen siendo masacrados sólo por ser cristianos. Son mártires, porque los matan por su fe, sin ellos ofender a nadie. En su vida, el bautismo de agua se convierte en bautismo de sangre. Por Cristo, con Él y en Él.
    Intereconomía

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