viernes, 13 de enero de 2012

HAY QUE SABER AISLARSE.



Último día de la semana laboral, ya se nota en el cuerpo el cansancio que se arrastra y no sólo de la que termina sino de la que llevamos sin apenas descanso, corriendo de un lado para otro, con mil preocupaciones, mucho estrés, todo ello acompañado de un pertinaz e insoportable frío que hace que todo se ponga más cuesta arriba.

Hablo en primera persona, pero bien podría ser mis vivencias compartidas por muchas más.

Me levanto muy temprano, a las seis de la mañana el cruel y fiel despertador está cumpliendo su principal misión: Despertar de sueños acogedores cual trompeta que anuncia un nuevo día por vivir. Tengo que decir que, algunas veces, me adelanto a él y se convierte en una carrera a ver quien gana. Soy poco dormilón, aunque me gustaría disfrutar más de la cama, por lo que generalmente no me cuesta levantarme tan de mañana.

La rutina suele ser siempre la misma, si no fuera así no tendría sentido la palabra, salgo de casa sobre las seis y media, cojo el tren que me llevará hasta San Fernando, localidad donde ejerzo mi profesión, charlo con mi compañero de asiento durante cuatro años y medio, mi querido Quico que se jubila el lunes próximo, sé que lo voy a echar de menos. Son muchos años, muchas conversaciones, muchas sanas confidencias...

Hoy ha sido de esas mañanas que el frío te envuelve tanto que hasta lo notas en los huesos. El frío que traspasa prendas de abrigos y te deja desnudo en la gélida mañana. En el camino al trabajo he entrado en una cafetería, llena de trabajadores que toman su primer café, he pedido un cortado y me he sentado en una mesa alejada, casi al lado de la puerta, la televisión dando las “buenas” noticias de siempre; que si sube el gasóleo, que si la subida del IRPF, que si el galopante desempleo que nos ahoga, que si se han producido matanzas a lo ancho de nuestro mundo, que si... Todo unido a las conversaciones de los clientes, que en mi abstracción y desconexión de todo, hablan de Rajoy, Zapatero, Rubalcaba, Camps, Pepiño, temas de la ciudad...

Ante ese mundo que nos rodea  e intoxica, donde las malas noticias pululan como “Pedro por su casa”, ante ese lacerante panorama, me he sentado en una mesa apartada de tales murmullos, he sacado un libro y me he puesto a leer. Debe ser curiosa la estampa: En una cafetería, con bastante clientela hablando de lo mismo que la televisión, es decir, del pobre panorama que tenemos y se nos presenta, ver a una persona totalmente ajena a todo tomándose un café, leyendo un libro, que por más inri habla de Dios, y disfrutando de ello.

Aunque esta estampa pueda resultar curiosa es altamente recomendable. El poderse aislar de tanta intoxicación, de tan malos augurios y peores noticias, ante un mundo a punto de estallar por tantas guerras, enfrentamientos, odios y desgracias, ante todo eso tenemos la obligación de parar, aislarnos, para recuperar ese, necesario, equilibrio entre lo mental, físico y también en lo espiritual. Dios te da esos momentos de íntima reflexión, estés donde estés, y debemos aprovecharlo. Es bueno para el cuerpo y por supuesto para el alma.

Cada día se producen muchas noticias en el mundo; unas buenas y otras malas. ¿Por qué entonces sólo se destacan las tragedias? Porque creo que son más fáciles de “vender” al crear un clima de adversidad general que hace que el ser humano se considere desgraciado y falto de ánimos para vivir el día a día con los valores y virtudes que generan las buenas noticias, que son muchas, pero que no salen en ningún medio en primera página. Para que triunfe el mal sólo se tiene que dejar de hacer el bien. Esta frase sintetiza todo  lo que, ahora, he expuesto.

Os animo a coger un buen libro, escuchar buena música, conversar sobre todos los temas, incidiendo en lo bueno y en los buenos momentos, os animo a abstraeros de toda esa información que nos rodea que redunda en la negatividad de la vida, proclama las podredumbres del hombre y se distancia cada vez más de Dios.

Leer un buen libro, que además habla de Dios, tomarse un café en un cafetería   donde todo lo se oye es maldad, críticas, desánimo y logramos aislarnos y que ese “ruído” suene como un imperceptible murmullo, habremos conseguido ser felices y haremos bien en dar gracias a Dios por habernos permitido esos minutos de asueto.

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