
- Lo advertimos: el único día bueno que iba a tener en mucho tiempo el presidente Rajoy era aquel en que tomó posesión. Y aun así; a lo peor ni siquiera ese. El latigazo del viernes 30 de diciembre le acompañará durante mucho tiempo. En ese primer Consejo de Ministros, y tras una deliberación, dicen, “no demasiado tensa”, el Gobierno apostó por una cirugía radical sin anestesia. Al enfermo, a los españoles, se les había dicho durante meses que sí, hombre, que estaba mal, pero que no le iban a extirpar media anatomía. Y el enfermo estaba expectante y confiado. Terminó la intervención, el Consejo, y cuatro ministros llevaron a la Sala de Prensa la mejor de sus caras para una ocasión tan cruenta en la que se diagnosticó que el paciente estaba agonizante y que la fiebre, el déficit, según habían averiguado, le había subido nada menos que dos grados, dos puntos, del 6 al 8. Y eso... por ahora.Soportar el latigazoA partir de ese momento, un instrumento repentino, feroz y mitinero, el Twitter, actuó casi como una sola voz, y mira que tal cosa es casi imposible. La sola voz denunciaba engaños y hasta robos. Algunos de nosotros empezamos a preguntarnos por qué la operación, el proceso de asfixia fiscal, se había llevado de tal manera. No comprendíamos bien por qué no se había preparado el terreno, embarrándolo un poco como hacía antiguamente el Atlethic de Bilbao, y por qué los primeros receptores del zurriagazo, los medios de comunicación, no habían tenido con antelación mínima, pero con antelación, noticia exacta no ya de las medidas del Consejo, sino de las razones por las que se decretaba la inmensa podadura. A este respecto, siempre recuerdo que hace años, un antiguo secretario de Estado de Comunicación (entonces se llamaba Información) reconocía que su mayor equivocación había estribado en no pedir auxilio por adelantado (él lo denominaba así) a quienes o por conmiseración, complicidad o simple interés podían ayudarle a hacer más llevadera la peor y más dura decisión de un Gobierno. “Siempre –decía– me arrepentí de ello”.¿Estaba seguro Rajoy, estaban seguros sus ministros de que el latigazo iba a tener mejor acogida de la que ha tenido? Supongo –él y ellos son suficientemente espabilados, desde luego más que nosotros, porque poseen mejor información– que no; por tanto, lo que pudo suceder es que, tentándose las camisas para que siguieran en sus cuerpos, se inclinaron por acometer la reforma de nuestras haciendas sin más dilación, en la seguridad que tienen, y lo reconocen, de que en otro caso “otros nos hubieran obligado a hacerla” (De Guindos dixit). Es más: nadie me puede convencer de que dos estimaciones personales no sean ciertas: la primera, que la mayoría, Rajoy incluido, conocía mucho antes de jurar ante el Rey las proporciones del desastre que le había dejado el dúo nefasto, ineficaz y cobarde Zapatero-Salgado; la segunda, que desde la misma fecha de la toma de posesión, ese grupo de ministros sabía que el primer decreto que tendrían que suscribir era uno por el cual dejaban prácticamente exhausta la cartera de millones de españoles. Es imposible que me apeen de estas dos impresiones.Los autores del gran caosTan difícil como que personalmente tilde de excesivo el clima de cordialidad, de complacencia incluso, con que los nuevos ministros despidieron a sus antecesores, enterados como estaban (lo he escrito en el anterior párrafo), de la magnitud de la hecatombe que heredaban y de las mentiras bellacas que les habían transmitido en ese tópico traspaso de poderes. En noviembre, uno de los nuevos ministros, no diré quién, avisaba a un grupo de periodistas de que el déficit que iba a recoger el nuevo Gobierno no bajaría del 7,5%, y aún decía más: “Y eso siendo optimista, porque si nos fiamos de Funcas, el déficit superará el 8%”. Funcas es, por si lo olvidan, la Fundación de las Cajas de Ahorros (de las quebradas y del par de ellas que sigue aún en pie), la entidad que preside nada menos que el penúltimo secretario de Estado de Hacienda de Zapatero, Carlos Ocaña, uno de los responsables principales de que precisamente ese déficit haya engordado hasta tal punto. Y, por cierto: ¿cuánto tiempo va a tardar el Ejecutivo popular en pedir a las cajas (que estamos salvando con nuestros impuestos) que ponga literalmente en la calle a uno de los responsables de este destrozo? ¿Cuántos Fernández Ordóñez y Ocaña nos vamos a tener que tragar por “estabilidad institucional” y porque “nosotros no somos como ellos”?El Gobierno debe comprender perfectamente que la sociedad española que le ha votado con total entrega ha presenciado escaldada y espantada cómo los autores del gran caos, los ministros que durante años han dejado el país como un solar a base de ocurrencias analfabetas y de sectarismo a mogollón, son condecorados por sus servicios a la Patria. “Esto es –me decía un taxista de los que acumulan enorme sabiduría popular– como si un Ejército en guerra va y le pone una medalla a un prófugo o a un cobarde”. Pues, más o menos, las cosas son así. Se nos dice, y es verdad, que es una costumbre inveterada reconocer la labor ministerial de los que se van, pero ¿en qué legalidad está fundado ese uso? El Gobierno del Partido Popular hace bien en mostrar elegancia en las formas, pero ¡hombre!, de ahí a celebrar el trabajo de Rubalcaba, el tipo del GAL y del Faisán...No sé si todos estamos confundidos con la izquierda española, pero lo cierto, lo comprobado, es que por muchos arrumacos que le ofrezcas, por mucha colaboración que intentes mantener con ella, la izquierda no perdona, no quiere ver ni en pintura a sus rivales, a los que, lisa y llanamente, considera enemigos políticos. ¿O es que aquí nadie recuerda aquel homicidio institucional que se llamó el Pacto del Tinell?Otra cosa no se entenderáEste Gobierno tendrá en muy breve plazo, o sea, inmediatamente, que ir denunciado las inmensas fechorías que han realizado Zapatero y su cuadrilla. Es más: la vicepresidenta Sáenz de Santamaría ya va reconociendo que el volumen de los desmanes supera, en calidad y cantidad, el cálculo más negativo. Por tanto, manos a la obra, a decir, sin ambages ni rodeos, que los sucesivos latigazos que nos arreen a nuestro deteriorado cuerpo fiscal son el efecto de la depravada gobernación socialista, algunos de cuyos epígonos andan todavía gozando de los puestos en que fueron colocados, casi de modo subrepticio, a última hora.El país puede entender que se le someta a este auténtico electroshock que lo ha dejado tiritando desde hace 10 días; difícilmente entenderá que el calambrazo no se les pegue a los partidos, a la llamada patronal o a esos sindicatos que, con toda certeza, empezarán a poblar la calle en cuanto se les niegue la más mínima dádiva. ¿Quién ha dicho que un padre con tres hijos tenga que padecer los mayores sacrificios y Fernández Toxo pueda seguir de crucero en crucero y de hotelazo en hotelazo? Leyes para todos y sacrificios y penitencias para todos, incluso –y preferentemente– para los reyezuelos autonómicos que han colaborado entusiásticamente a la ruina del país. Lo podemos escribir castizamente: Rajoy, otra cosa no se entenderá.
domingo, 8 de enero de 2012
EL "ELECTROSHOCK" DE RAJOY; POR CARLOS DÁVILA.
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